martes, 28 de agosto de 2007

El instante decisivo (1952)

Henri Cartier-Bresson

Yo, como muchos otros muchachos, ingrese en el mundo de la fotografía con una Box Brownie que usaba para tomar instantáneas los días de fiesta. Aun siendo niño tenía pasión por la pintura, que practicaba los jueves y domingos, días en los que los niños franceses no van a la escuela. Poco a poco me pro-puse tratar de descubrir las distintas maneras con que podía jugar con la cámara. Sin embargo, había una finalidad desde el momento en que empecé a pensar en esto y a usar la cámara los días festivos y cuando hacia retratos tontos de mis amigos. Me volví serio. Estaba a la búsqueda de algo, y estaba, pues, muy ocupado en husmearlo. Y luego también estaban las películas, y fueron algunos de los grandes filmes los que me enseñaron a mirar y a ver. Entre los que me impresionaron profundamente estaban Misterios de Nueva York, con Pearl White; las estupendas películas de D. W. Griffith: Linos rotos; los primeros films de Stroheim: Avaricia; El acorazado Potemkim de Eisenstein, y Juana de Arco de Dreyer.

Mas adelante conocí algunos fotógrafos que tenían copias de Atget. Yo las consideraba notables, y decidiendo ser consecuente con ello, me compre un trípode, un paño negro y una cámara de 3 x 4 pulgadas. La cámara estaba equipada con una tapa de lente que hacia las veces de obturador manual, y que uno sacaba y luego reponía para hacer la exposición. Ese ultimo de-talle, por supuesto, limitaba mis posibilidades al mundo de lo estático. Otros sujetos fotográficos me parecían demasiado complicados o, en todo caso, materia para aficionados. Por entonces me imaginaba que al desdeñarlos estaba dedicándome al Arte.

Después empecé a revelar este arte nuevo. Encontré el asunto bastante entretenido. No sabia nada acerca de como se copiaba, y no tenia ni la mas remota idea de que ciertos tipos de papel producían copias de tonos suaves, y otros, copias alta-mente contrastadas. No me preocupaban mucho esas cosas, a pesar de que me ponía furioso cada vez que las imágenes no salían bien en el papel.

En 1931, cuando tenía 22 arios, me fui a África. En la Costa de Marfil compre una cámara de pequeño formato —de una clase que nunca había visto antes ni he vuelto a ver desde entonces— hecha por la firma francesa Krauss. Usaba una película de un tamaño semejante al que tendría una de 35 mm sin las perforaciones de arrastre. De vuelta a Francia, revele las fotografías (no fue posible hacerlo antes, ya que había vivido aislado en el bosque africano), y descubrí que la humedad se había introducido en la cámara y esto había producido un efecto singular en mis fotografías, ya que todas ellas estaban adornadas con unas manchas sobreimpresas de helechos gigantescos.

Yo había contraído una fiebre en África y estaba ahora obligado a observar una convalecencia; fui entonces a Marsella. Un pequeño subsidio familiar me permitió seguir adelante, y disfrute trabajando durante ese tiempo. Acababa de descubrir la Leica, que se convirtió en una extensión de mi propio ojo. Desde que la encontré no me he separado de ella. Por ese entonces rastreaba las calles el día entero, sintiéndome poseído de un nerviosismo tenso, en un estado de sobre exaltación, decidido a atraparla vida, a preservarla en el acto de vivir. Pero sobre todo anhelaba capturar la esencia total dentro de una sola fotografía, de capturar alguna situación que pudiese desenvolverse frente a mis ojos.

La idea de hacer un reportaje fotográfico, esto es, de contar una historia en una secuencia de fotografías, era algo que nunca paso por mi cabeza en ese entonces. Empecé a pensar mas sobre el asunto viendo los trabajos de mis colegas y las revistas ilustradas. En realidad, fue en el mismo proceso de trabajo donde aprendí, eventualmente, a hacer un reportaje con una cámara, a hacer un relato fotográfico.

He realizado bastantes viajes, a pesar de que realmente no se viajar. Me gusta hacerlo con calma, dejando entre un país visitado y el siguiente un tiempo razonable en el cual pueda asimilar bien lo visto. Una vez llegado a un nuevo lugar, siento el deseo de establecerme allí y poder, entonces, lograr un acercamiento mayor con dicho país. Creo que nunca podría convertirme en trotamundos.

En 1947 cinco fotógrafos freelance, entre los cuales me encontraba yo, fundamos una empresa cooperativa llamada Magnum Photos. Esta empresa era la encargada de distribuir nuestros reportajes gráficos a revistas de varios países.

Han pasado 25 anos desde que mire a través de mi visor por primera vez; pero todavía me considero un amateur, a pesar de no ser ya un diletante.